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Famosos Colombianos que admitieron haber usado marihuana
En Colombia, el tema de la marihuana nunca ha sido realmente invisible. Más bien, ha vivido en una especie de contradicción constante: está presente en la cultura, en las conversaciones privadas, en ciertas dinámicas sociales… pero al mismo tiempo sigue cargando un peso que hace que muchos prefieran no hablar de ello abiertamente. Durante años, esa fue la regla, especialmente para quienes tenían una imagen pública que cuidar.
Sin embargo, algo empezó a cambiar. No de manera radical, ni con un solo momento que marcara el antes y el después, sino a través de pequeñas rupturas. Comentarios sinceros en entrevistas, respuestas que no estaban preparadas, confesiones que no buscaban generar polémica pero que terminaron haciéndolo. Y así, poco a poco, el silencio dejó de ser la única opción.
Lo interesante es que estas voces no vienen de un solo lugar. Aparecen desde distintos mundos: la televisión, la música, la política. Y cada una aporta una mirada distinta, lo que hace que la conversación no sea plana, sino llena de matices.
VOCES QUE DECIDIERON NO SEGUIR OCULTÁNDOLO
Amparo Grisales fue una de las figuras que más ruido generó al hablar del tema, pero no necesariamente por lo que dijo, sino por cómo lo dijo. Sin rodeos, sin tono defensivo, simplemente contando su experiencia como algo que forma parte de su vida de manera ocasional.
En entrevistas ha explicado que su consumo es esporádico, muy lejos de cualquier exceso. Incluso ha mencionado que puede pasar varios días con el mismo cigarrillo sin terminarlo, una imagen que contrasta bastante con los estereotipos más comunes. También ha hablado del uso de productos derivados del cannabis, como aceites, asociados más al descanso o al manejo del estrés que a un consumo recreativo constante.
Ese detalle es clave, porque conecta con una conversación que ha ido creciendo en Colombia: la diferencia entre los distintos usos del cannabis. Ya no se trata solo de “fumar o no fumar”, sino de entender que hay contextos, intenciones y formas muy distintas de relacionarse con la planta.
Grisales, además, no se quedó en lo personal. Ha defendido la idea de una regulación más abierta, señalando que el país podría aprovechar su potencial en esta industria. Ese tipo de postura, viniendo de una figura tan visible, inevitablemente genera reacciones divididas. Pero más allá de estar de acuerdo o no, lo cierto es que obliga a hablar del tema.
En un registro distinto aparece Carmenza Gómez, cuya forma de abordar la marihuana es mucho más tranquila, casi cotidiana. No hay un discurso elaborado detrás, ni una intención de provocar debate. Simplemente ha contado que su consumo es ocasional, generalmente en momentos de descanso, y que no interfiere con su trabajo ni con su rutina.
Lo que hace interesante su caso es precisamente esa naturalidad. No intenta convencer a nadie, no dramatiza, no exagera. Y en medio de una conversación que suele polarizarse, esa forma de hablar termina aportando algo diferente: equilibrio.
Porque rompe con la idea de que todas las historias alrededor del cannabis tienen que ser extremas. Ni todo es exceso, ni todo es rechazo absoluto. Hay un punto intermedio que pocas veces se muestra, y cuando aparece, cambia la percepción.
En paralelo, también han surgido voces que abordan el tema desde un ángulo distinto, más cercano al bienestar que al consumo recreativo. Ahí entra alguien como Pirry, quien ha hablado en varias ocasiones sobre el uso del CBD, un componente del cannabis que no genera efectos psicoactivos.
Su enfoque no está en la experiencia de “fumar”, sino en cómo ciertos derivados pueden ayudar en temas como el descanso, la ansiedad o el manejo del estrés. Este tipo de discurso ha sido clave para ampliar la conversación, porque conecta con personas que antes rechazaban completamente el tema.
Ya no se trata solo de una planta asociada al ocio o al exceso, sino de algo que también tiene un espacio dentro del ámbito de la salud y el bienestar. Y ese cambio de percepción, aunque todavía genera dudas en muchos sectores, ha ido ganando terreno.
CUANDO LA CONVERSACIÓN SALTA A OTROS ESCENARIOS
El impacto es diferente cuando quienes hablan del tema no son figuras del entretenimiento, sino del ámbito político. En ese terreno, cada palabra pesa más, y cualquier declaración se analiza desde múltiples ángulos.
Juan Manuel Santos sorprendió en su momento al admitir que había probado marihuana durante su etapa universitaria en Estados Unidos. Lo dijo sin convertirlo en algo central, más bien como una experiencia común en ese contexto. Sin embargo, el simple hecho de decirlo ya fue suficiente para generar conversación.
Con el tiempo, esa declaración terminó conectando con decisiones más amplias. Durante su gobierno, se impulsó la regulación del cannabis medicinal, un paso importante que abrió la puerta a una industria que hoy sigue creciendo en el país.
Ese cambio marcó una diferencia clara: el tema dejó de ser únicamente personal para convertirse también en una cuestión estructural.
Sergio Fajardo, por su parte, también habló de su experiencia, pero desde un lugar mucho más puntual. Contó que la probó por curiosidad en su juventud, sin que eso se convirtiera en algo recurrente. Su forma de decirlo fue sencilla, casi sin énfasis, y precisamente por eso llamó la atención.
Porque no sonaba a discurso preparado, sino a una respuesta honesta.
En ese mismo grupo aparece Gustavo Petro, quien también ha reconocido haber tenido un acercamiento con la marihuana en su juventud. En su caso, ha dejado claro que fue una experiencia que no le gustó, pero que le permitió entender mejor el tema.
Desde entonces, su postura ha estado más enfocada en cuestionar la forma en que se ha manejado la política de drogas en el país, planteando la necesidad de un enfoque distinto, menos centrado en la prohibición y más en la salud pública.
Cuando todas estas voces se ponen juntas, lo que aparece no es una sola historia, sino muchas formas de entender el mismo tema. Y en esa mezcla, donde conviven experiencias personales, posturas públicas y cambios sociales, la conversación empieza a tomar una forma distinta.
Una forma en la que ya no todo se reduce a estar a favor o en contra, sino a entender qué hay detrás de algo que durante mucho tiempo se prefirió no mirar de frente.
A medida que el tema deja de ser un susurro y empieza a instalarse en la conversación pública, ocurre algo interesante: ya no basta con decir “sí” o “no”. Las historias comienzan a tener matices, contextos, momentos distintos. Y sobre todo, dejan de depender de una sola versión.
En ese punto, la atención ya no está solo en la confesión, sino en la forma en que cada quien decide enfrentarse a lo que otros opinan.
CUANDO EL PASADO APARECE Y NADIE LO PUEDE CONTROLAR
No todas las historias empiezan con una entrevista o una declaración voluntaria. Algunas simplemente resurgen. Fotografías, videos, comentarios antiguos… basta un detalle para que todo vuelva a ponerse sobre la mesa.
Eso fue lo que ocurrió con Marbelle. No hubo una confesión inicial ni una intención clara de abrir debate. Todo empezó cuando comenzaron a circular imágenes del pasado en las que aparecía fumando. En cuestión de horas, el tema ya estaba en redes, acompañado de opiniones de todo tipo.
Pero lo que realmente cambió el rumbo de la conversación fue su reacción.
En lugar de negar, justificar o entrar en una discusión larga, respondió con ironía. Sin dramatizar, sin mostrarse incómoda. Incluso llegó a compartir imágenes más recientes, como si quisiera dejar claro que no había nada que ocultar. Esa actitud, lejos de apagar el tema, lo transformó.
Porque cuando alguien no se defiende, el ataque pierde fuerza.
Y ahí aparece algo que se repite más de lo que parece: el problema no siempre es el hecho, sino la expectativa de culpa. Cuando esa culpa no existe, la conversación se descoloca.
En otro escenario completamente distinto, pero con un efecto similar en el debate, aparece Francisco “Pacho” Santos. Su nombre no surgió por una anécdota ligera ni por una publicación en redes, sino en medio de una discusión pública con tintes personales.
En ese contexto, reconoció haber probado marihuana en su juventud. No intentó adornarlo ni convertirlo en algo más grande. Lo dijo como un hecho del pasado. Sin embargo, lo que generó conversación no fue tanto esa experiencia, sino el contraste con sus posturas más recientes frente al consumo.
Ese tipo de contradicción —o evolución, dependiendo de cómo se mire— es lo que vuelve el tema más complejo. Porque ya no se trata solo de lo que alguien hizo, sino de cómo lo interpreta hoy.
Y cuando esas dos cosas no coinciden del todo, la discusión deja de ser simple.

UNA CONVERSACIÓN QUE EMPIEZA A SALIRSE DE LOS EXTREMOS
Durante mucho tiempo, el tema de la marihuana en Colombia se movió entre dos puntos muy marcados: el rechazo absoluto o la defensa sin matices. Pero ese esquema empieza a romperse cuando aparecen historias distintas, contadas desde lugares diferentes.
No todos los que han hablado del tema lo hacen desde el mismo lugar. Algunos lo mencionan como una experiencia puntual, otros como algo ocasional, otros desde una perspectiva más crítica o incluso distante. Y esa diversidad es lo que empieza a cambiar el tono.
Porque obliga a salir de las etiquetas rápidas.
También hay algo más que ha influido en ese cambio: el acceso a información. Lo que ocurre en otros países, las formas en que se ha regulado el cannabis, los usos medicinales, las investigaciones… todo eso circula hoy con mucha más facilidad que antes.
Y aunque no todos confían en esa información o están de acuerdo con lo que plantea, sí ha servido para abrir preguntas que antes ni siquiera se consideraban.
En ese contexto, la conversación empieza a moverse hacia otro lugar. Ya no gira únicamente alrededor de la persona, sino también del entorno. De cómo se construyen los prejuicios, de qué se considera aceptable y qué no, de por qué ciertas prácticas son normalizadas mientras otras siguen siendo señaladas.
No hay una sola respuesta, y probablemente no la haya en mucho tiempo. Pero lo que sí es evidente es que el tema dejó de ser plano.
Cada historia que aparece, ya sea desde el entretenimiento, la política o incluso desde un momento inesperado, suma una perspectiva distinta. Y en ese proceso, lo que antes parecía una conversación incómoda empieza a convertirse en algo mucho más difícil de ignorar.
Cuando una conversación logra mantenerse en el tiempo, deja de depender de nombres puntuales y empieza a sostenerse por sí sola. Eso es justamente lo que ha pasado con el tema de la marihuana en Colombia. Ya no necesita un escándalo para aparecer ni una gran declaración para volver a ser relevante. Simplemente está ahí, avanzando, cambiando de forma, encontrando nuevos espacios.
Y en ese punto, lo interesante no es repetir lo que ya se dijo, sino mirar hacia lo que viene tomando fuerza sin hacer tanto ruido.
QUE EMPIEZA A CAMBIAR CUANDO EL FOCO YA NO ES EL MISMO
En los últimos años, la discusión ha empezado a moverse hacia terrenos que antes ni siquiera se mencionaban. Uno de ellos es el del uso medicinal y científico del cannabis, que poco a poco ha ido ganando legitimidad en el país.
Colombia, de hecho, tiene condiciones muy particulares que han llamado la atención a nivel internacional: clima favorable, costos de producción más bajos y una regulación que, aunque todavía está en proceso de ajuste, permitió abrir una industria que hace una década parecía impensable. Empresas, laboratorios y proyectos agrícolas comenzaron a trabajar con cannabis bajo licencias legales, enfocándose en productos como aceites, extractos y tratamientos específicos.
Ese cambio no solo transformó la conversación, sino también la percepción. Porque cuando algo entra en el terreno de la salud, deja de verse únicamente desde el prejuicio. Empieza a analizarse con otros criterios.
Pacientes que buscan aliviar dolores crónicos, personas con problemas de sueño, casos de ansiedad… el cannabis, especialmente en sus formas no psicoactivas, comenzó a aparecer como una alternativa dentro de un abanico más amplio de opciones. Y aunque no es una solución universal ni está exenta de debate, su presencia en este campo ha sido suficiente para abrir nuevas preguntas.
Al mismo tiempo, el componente económico también empezó a pesar. La posibilidad de generar empleo, atraer inversión y desarrollar una industria exportadora hizo que el tema dejara de ser solo social o cultural. Ahora también es productivo.
Y cuando entran esos factores, la conversación cambia de tono.
UNA HISTORIA QUE YA NO SE PUEDE CONTAR DE UNA SOLA FORMA
Lo que empezó como confesiones aisladas terminó conectando con algo mucho más amplio. Cada historia, cada reacción, cada debate en redes fue sumando piezas hasta construir un panorama más complejo.
Ya no se puede hablar del cannabis en Colombia como si fuera un tema único. No lo es.
Está el uso recreativo, con todas las opiniones que genera. Está el uso medicinal, que abre otro tipo de discusiones. Está la regulación, que involucra decisiones políticas y económicas. Y también está la percepción social, que sigue cambiando, a veces más lento de lo que muchos quisieran.
Todo eso convive al mismo tiempo.
Y en medio de esa mezcla, lo que se empieza a notar es que la conversación dejó de depender de juicios rápidos. No porque hayan desaparecido, sino porque ya no alcanzan para explicar todo lo que está pasando.
Las nuevas generaciones, por ejemplo, se acercan al tema de otra manera. Tienen más información, más referencias externas y menos disposición a aceptar explicaciones simples. Eso no significa que haya consenso, pero sí que el debate es más amplio.
También influye el hecho de que cada vez más personas conocen a alguien —un amigo, un familiar, un colega— que ha tenido algún tipo de relación con el cannabis, ya sea desde lo recreativo o lo medicinal. Y cuando deja de ser algo lejano, cambia la forma en que se percibe.
Sin grandes anuncios ni momentos únicos que lo definan todo, el tema ha ido ocupando un lugar distinto. Más visible, más discutido, más difícil de encasillar.
Y aunque todavía genera incomodidad en muchos espacios, ya no es ese asunto que solo se menciona en voz baja. Ahora forma parte de una conversación que sigue avanzando, no porque todos estén de acuerdo, sino porque cada vez es más difícil mirar hacia otro lado.







