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Qué es el dolor neuropático y cómo tratarlo
Hay un tipo de dolor que desconcierta incluso a quienes lo padecen desde hace años. No aparece después de un golpe claro, ni de una herida visible, ni de algo que puedas señalar con el dedo y decir “esto es lo que me duele”. Es un dolor que puede sentirse como una descarga eléctrica que atraviesa el cuerpo, como una quemazón constante o como un hormigueo que nunca se apaga. A veces llega sin avisar, otras veces se instala y ya no se va. Y lo más inquietante de todo: muchas veces, cuando buscas la causa, no hay nada evidente que lo explique.
Ese es el punto en el que empezamos a hablar del dolor neuropático.
Para entenderlo bien, hay que hacer una distinción clave. No todo el dolor funciona igual. El dolor que la mayoría conocemos —el que aparece cuando te cortas, te lesionas o tienes una inflamación— se llama dolor nociceptivo. Es el dolor “lógico”. Hay un daño en el cuerpo, los receptores lo detectan y envían una señal al cerebro. Sientes dolor, proteges la zona, el cuerpo se repara… y poco a poco desaparece.
Incluso cuando ese dolor se alarga un poco más, como ocurre en procesos inflamatorios, sigue teniendo sentido. Hay una estructura afectada, un proceso biológico en marcha. El dolor está cumpliendo su función.
Pero el dolor neuropático rompe completamente esa lógica.
Aquí el problema no está tanto en el tejido como en el sistema que interpreta el dolor. Es decir, en el sistema nervioso. Es como si el cableado que transmite la información empezara a fallar. O peor aún, como si se volviera demasiado sensible y comenzara a enviar señales de dolor aunque no haya un motivo claro.
Y ahí es donde todo cambia.
Cuando el dolor deja de ser una señal y se convierte en el problema
El sistema nervioso está diseñado para ser preciso. Detecta estímulos, los procesa y responde. Pero también es plástico, adaptable. Y esa capacidad de adaptación, que normalmente es una ventaja, en ciertos contextos puede jugar en contra.
Cuando un nervio se daña, o cuando ha estado enviando señales de dolor durante mucho tiempo, puede empezar a comportarse de forma diferente. Se vuelve más reactivo, más sensible. Lo que antes necesitaba un estímulo fuerte para generar dolor, ahora puede activarse con algo mínimo… o incluso sin nada.
En ese punto hablamos de sensibilización.
Esta sensibilización puede empezar a nivel periférico. Es decir, en el propio nervio. Por ejemplo, cuando hay daño en el axón —la parte del nervio encargada de transmitir la señal—, se pueden generar impulsos anómalos. El nervio comienza a disparar señales de dolor de forma desordenada, como si estuviera “hiperactivo”.
Pero lo más interesante —y también más complejo— ocurre cuando este proceso se mantiene en el tiempo.
El sistema nervioso central, especialmente el cerebro, empieza a adaptarse a esa sobreestimulación constante. Aprende ese patrón. Y lo integra.
Es lo que se conoce como sensibilización central.
Aquí ya no hablamos solo de un nervio alterado, sino de un sistema completo que ha cambiado su forma de interpretar la información. El umbral del dolor baja, la intensidad percibida aumenta, y aparecen fenómenos que resultan difíciles de explicar desde fuera.
Uno de ellos es la alodinia. Algo tan simple como el roce de la ropa, el contacto con las sábanas o incluso una caricia puede generar dolor. No es que el estímulo sea fuerte… es que el sistema lo está interpretando como si lo fuera.
También pueden aparecer sensaciones muy características: quemazón, pinchazos, descargas eléctricas, entumecimiento o ese hormigueo constante que muchas personas describen como “algo que no se apaga nunca”.
Y aquí hay un punto clave que muchas veces se pasa por alto: en el dolor neuropático, no siempre hay una lesión activa. El problema es funcional. Es un sistema que está funcionando de forma alterada.
Esto puede surgir por múltiples causas. Desde lesiones nerviosas directas, hasta enfermedades como la diabetes (que puede generar neuropatía diabética), infecciones, intervenciones quirúrgicas o incluso eventos neurológicos como un accidente cerebrovascular.
También puede aparecer como evolución de un dolor que inicialmente era nociceptivo. Un dolor mal gestionado o muy prolongado puede terminar “enseñando” al sistema nervioso a mantenerse en ese estado de alerta constante.
Y cuando eso ocurre, el dolor deja de ser una señal útil y se convierte en el problema en sí mismo.

Cómo se trata el dolor neuropático y qué opciones existen realmente
Cuando hablamos de tratar el dolor neuropático, es importante entender algo desde el principio: no existe una solución única ni inmediata. Precisamente porque el problema no está en un solo punto, sino en todo un sistema, el abordaje tiene que ser más amplio.
Los tratamientos más utilizados hoy en día no buscan simplemente “apagar” el dolor, sino modular la actividad del sistema nervioso.
Por ejemplo, los antidepresivos tricíclicos como la amitriptilina o los inhibidores de la recaptación de serotonina y noradrenalina como la duloxetina. Aunque su nombre puede confundir, en este contexto no se usan por su efecto sobre el estado de ánimo, sino porque ayudan a regular los circuitos que procesan el dolor.
Estos fármacos pueden reducir la intensidad del dolor y mejorar el descanso, algo fundamental en pacientes con dolor crónico. Sin embargo, no están exentos de efectos secundarios. Es relativamente común que aparezcan somnolencia, sequedad bucal, estreñimiento o incluso cambios en el apetito.
Otro grupo muy utilizado son los anticonvulsivantes, como la gabapentina o la pregabalina. Estos medicamentos actúan disminuyendo la excitabilidad de las neuronas, lo que ayuda a “calmar” ese sistema nervioso hiperactivo.
Muchas personas experimentan alivio con ellos, pero también pueden aparecer efectos adversos como mareos, fatiga, sensación de inestabilidad o dificultad para concentrarse. En algunos casos, también se ha reportado aumento de peso.
En situaciones más complejas, se pueden utilizar opioides, aunque su uso suele ser más limitado y controlado. Si bien pueden ser efectivos en ciertos casos, el riesgo de dependencia, tolerancia y otros efectos secundarios hace que se consideren una opción más delicada.
También existen tratamientos tópicos, como parches de lidocaína o capsaicina, que pueden ser útiles en dolores localizados. Estos actúan directamente sobre la zona afectada, reduciendo la transmisión de la señal de dolor sin tantos efectos sistémicos.
Pero más allá de los fármacos, hay un cambio importante en la forma de entender y tratar este tipo de dolor.
Cada vez se da más importancia a un enfoque multidimensional. La fisioterapia, por ejemplo, no solo busca mejorar el movimiento, sino también “reeducar” al sistema nervioso. A través de estímulos progresivos y controlados, se puede ayudar a reducir esa sensibilidad exagerada.
La educación en dolor también juega un papel clave. Entender qué está pasando en el cuerpo puede cambiar la forma en la que el cerebro interpreta las señales, reduciendo la percepción de amenaza y, con ello, el dolor.
Y aquí es donde entra en escena un tema que ha ganado mucha relevancia en los últimos años: el uso del cannabis en el manejo del dolor neuropático.
El cuerpo humano cuenta con un sistema llamado sistema endocannabinoide, que participa en la regulación de múltiples funciones, incluyendo el dolor. Los compuestos del cannabis, principalmente el THC y el CBD, interactúan con este sistema.
El THC tiene un efecto más directo sobre la percepción del dolor, pero también es el responsable de los efectos psicoactivos. Puede generar sensación de euforia, alteraciones en la percepción del tiempo o dificultades cognitivas en algunas personas.
El CBD, por otro lado, no produce estos efectos y tiene un perfil más equilibrado. Se ha asociado con propiedades analgésicas, antiinflamatorias y ansiolíticas, lo que puede ser especialmente útil en personas con dolor crónico que también experimentan ansiedad o problemas de sueño.
Algunos estudios y experiencias clínicas sugieren que el cannabis puede reducir la intensidad del dolor neuropático, mejorar la calidad del sueño y, en ciertos casos, permitir reducir la dosis de otros medicamentos.
Sin embargo, no es una solución mágica ni universal. La respuesta varía mucho entre personas, y también existen posibles efectos secundarios como mareos, fatiga o sequedad bucal. Además, su uso debe estar bien orientado, con dosis adecuadas y, preferiblemente, bajo supervisión profesional.
Lo interesante es que el cannabis no se plantea como un reemplazo absoluto, sino como una herramienta más dentro de un enfoque integral.
Porque al final, tratar el dolor neuropático no es solo cuestión de eliminar una sensación. Es entender cómo funciona el sistema, cómo se ha adaptado y cómo podemos influir en él para devolverle cierto equilibrio.
Y en ese camino, cada pieza —desde la medicación hasta la educación, pasando por nuevas alternativas como el cannabis— va sumando en una dirección clara: ayudar a que el dolor deje de dominar la vida de quien lo sufre y pase, poco a poco, a un segundo plano.







